PALABRAS EN LA CEREMONIA DE PERDÓN POR LAS AGRESIONES A LA COMUNIDAD CHINA – Emb. Sergio Ley López, Presidente PECC-México.

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Señor Presidente de la República,

Sra. Beatriz Gutiérrez Müller,

Sr. Gobernador del Estado,

Honorables Miembros del Presidium,

Señoras y Señores,

1.     Le agradezco, señor Presidente, la oportunidad que me brinda para que sea mi persona, a nombre del gobierno mexicano, el encargado de exponer las razones y los principios que nos obligan, como una nación que se reconoce en la historia, a pedir perdón por los agravios cometidos contra la comunidad china residente en México en las primeras tres décadas del siglo XX, y muy especialmente al conmemorarse 110 años de los ataques ocurridos en esta ciudad de Torreón.

La memoria histórica de una nación y de un pueblo es nuestra mejor herramienta contra el olvido. Recordar, comprender, perdonar: tres grandes verbos de nuestra lengua que nos reúnen esta mañana.

        Si ha sido legítimo exigir disculpas de aquellos que nos han agredido y ultrajado en el pasado, es justo reconocer a aquellos pueblos a los que hemos ofendido e injuriado años atrás, como las comunidades mayas y yaquis o los migrantes chinos, a quienes dañamos desde una idea equivocada de nuestro nacionalismo.   

        La historia de las relaciones entre México y la República Popular China en los últimos 50 años ya nos ha reconciliado en muchos sentidos, pero es preciso voltear la mirada y aprender las lecciones de lo ocurrido el 13 de mayo de 1911, a fin de que nunca más vuelva a repetirse.

        Somos en el presente dos países que están llamados a jugar un papel determinante en la escena mundial, cuyos profundos lazos se nos presentan hoy en día como un nuevo territorio lleno de retos y oportunidades.

        Es acaso la complejidad y profundidad de nuestras relaciones actuales la mejor prueba de que hemos trascendido al pasado, hemos construido un nuevo horizonte para impulsar las relaciones entre México y China desde la amistad, el mutuo entendimiento y la cooperación.

        De cara a los Objetivos de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, México y China tenemos un horizonte abierto de coincidencias y oportunidades, a partir de una serie de principios rectores que son afines:

        La paz internacional con justicia y equidad, el combate a la pobreza, el comercio justo entre las naciones, la lucha contra el cambio climático, el trato digno a los migrantes, forman parte de esta agenda bilateral en la que nos reconocemos como dos naciones que aspiran al mismo futuro compartido.

2. Si Usted me lo permite, Señor Presidente, ahora hablaré con esa otra identidad que tengo, como el quinto hijo de un emigrante chino que llegó a México, precisamente en 1911, en busca de nuevos horizontes y sueños de una nueva patria.

Se tiene registro que entre 1902 y 1921 llegaron a México más de 50 mil nacionales chinos, en su gran mayoría de la provincia sureña de Cantón, que es de dónde provenía mi padre.

         La migración china participó por igual en la construcción de las vías del ferrocarril del Pacífico y del Istmo de Tehuantepec, en las minas de Cananea en Sonora, en las plantaciones algodoneras de Mexicali y la Laguna, o en los campos petroleros de Tampico.

        Conforme ahorraron y prosperaron abrieron sus propios negocios, se convirtieron en propietarios de tiendas de abarrotes, de restaurantes, de lavanderías, zapaterías, granjas agrícolas, industrias jaboneras o empresas de transporte colectivo como los tranvías eléctricos de Torreón, entre muchas otras actividades, hasta consolidarse como una comunidad que contribuía al desarrollo económico del país.

        Esa creciente prosperidad alimentó de manera gradual el resentimiento, la incomprensión, y finalmente, el odio xenofóbico y la violencia.

         La matanza del 13 de mayo de 1911, en la ciudad de Torreón, fue el más grave pero no el único acto de violencia racista y discriminatoria que se prolongaría hasta la década de los treinta del siglo XX.

        Hubo otros actos de persecución y violencia en el norte y el noroeste del país.

        A lo largo de este periodo de hostilidades se les confiscaron propiedades, saquearon una y otra vez sus negocios y finalmente se les expulsó junto a sus esposas e hijos mexicanos. Los cientos de negocios, que al huir o ser expulsados, dejaron encargados a socios mexicanos, nunca fueron recuperados.

3. La historia de mi padre, de mi familia, y mi propia historia como diplomático mexicano, por la cual tuve el privilegio de representar a nuestro país como Embajador ante la República Popular China, son el resultado de este cruce histórico y cultural entre México y China en el arranque del siglo XX.

        Tras la persecución, los pocos chinos que lograron permanecer en México se dispersaron en pequeñas poblaciones. Ese fue el caso de mi padre, Juan Ley Fong y de mi madre, Rafaela López Trejo, que tras casarse en 1932 lograron establecerse y empezar una nueva vida en Tayoltita, un pueblo minero escondido en la sierra de Durango.

        23 años después, concluido el capítulo de Tayoltita, en 1955 mi padre y toda la familia nos establecimos en Culiacán, Sinaloa, para abrir, de nuevo, un pequeño negocio que a la vuelta de los años y de las décadas se convertiría en la principal cadena de tiendas de autoservicio del noroeste del país: la Casa Ley.

        En esos años mi padre se dio el tiempo para cultivar una de sus grandes pasiones: el beisbol. En 1965 adquirió al equipo profesional de los Tomateros de Culiacán. En 1967 tuvo el placer de ver coronado a su equipo en su primer campeonato de la Liga Mexicana del Pacífico, poco antes de morir.

        La expansión y la diversificación del negocio que fundó mi padre llegan hasta nuestros días. Somos parte de la historia económica del noroeste mexicano. Somos parte de una historia que nos recuerda el potencial del diálogo histórico entre México y China y la generosidad del pueblo mexicano.

        Mis padres fundaron una familia chino-mexicana que hoy llega a su quinta generación. Amamos a México, trabajamos por él, y nos enorgullecemos de la doble herencia cultural que nos conforma.

4. ¿Qué lecciones podemos sacar en el presente? Sabemos que la comunidad china en México es muy trabajadora y ha demostrado su gran capacidad para ahorrar, acumular capital e invertir de nuevo. Que ése, y no otro, es el auténtico camino de la prosperidad.

Esa comunidad ha creado empresas, generado empleos y contribuido al desarrollo de México. Puede ser un puente para incrementar, aún más, nuestras relaciones económicas con China y atraer la inversión que permita generar nuevas fuentes de trabajo

Reconstruir nuestros vínculos centenarios con el mundo asiático que se rompieron a principios del siglo pasado, es una tarea y un compromiso de nuestro presente, el rostro activo del perdón.

        China es hoy una gran potencia y es nuestro segundo socio comercial en el mundo.  Un indicador estratégico a la hora de imaginar un nuevo y diversificado horizonte de oportunidades para nuestro país.       

Por todo lo anterior, Señor Presidente, de conformidad a los lineamientos de su gobierno, con el gran honor que usted me ha conferido, hoy, en nombre del Estado Mexicano, le pedimos perdón a la comunidad china en México por los agravios cometidos en su contra, a lo largo de nuestra historia.

Señor Presidente, le agradezco profundamente este acto que lo enaltece y da sentido a sus acciones de gobierno.

¡Muchas gracias!

Emb. Sergio Ley López

Torreón, Coah., 17 de Mayo de 2021.  

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